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Fwd: México. Opinión / La guerra del narco
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| Enviado: |
Nov 2nd, 2009 - 11:45:36 |
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Saludos,
AB
---------- Forwarded message ----------
From: Graciela Touze
Date: 2009/11/2
Subject: México. Opinión / La guerra del narco
Les mando columna de opinión publicada en diario argentino.
Saludos
Graciela
México. Opinión / La guerra del narco Cristian Alarcón Crítica
de la Argentina (Argentina) 31-10-09
A Javier Valdez, el cronista que mejor cuenta el narcotráfico en México, le
gusta prepararle el desayuno a su hijo cada mañana en la cocina de su casa
en Culiacán, Sinaloa. Es el momento cuando el chico suele tenerlo para él,
cuando le hace las preguntas que lo inquietan, sobre todo después de que un
comando hizo explotar una granada en las oficinas de Río Doce, el periódico
donde trabaja su padre. Papá, tengo miedo. ¿Te pueden matar?, le dice el
pibe, y Javier un hombre de pelos pirincho y barba bien recortada en los
ojos chinos y radiantes, la mirada sensible compite con el porte rudo lo
traquiliza: que claro que no, que no hay que tener miedo porque allí está él
y nada malo va a pasar. Es sólo que la ciudad está revuelta, caliente, y ahí
afuera suelen darse tiros que perforan blindados, unos batos a los que les
gusta banderear con sus cuernos de chivo, como le dicen a las AK47; y ya,
mejor disfrutemos la comida, que el día es largo, hijo.
El día puede ser tan largo como impredecible para un periodista mexicano que
se dedica a seguir la huella que deja el paso de la violencia. Mucho más
desde que el presidente Felipe Calderón, apenas asumió, débil, acusado de
fraude y por una diferencia mínima, declaró con una retórica aprendida ya en
tiempos de Fox, la guerra contra el narco. El pequeño y enjuto hombre de
pocas pulgas que gobierna el país leyó bien las encuestas que nunca han
dejado de decir la misma cantinelay se decidió a ganarse el apoyo popular
con la vieja receta de la mano dura contra un enemigo con aspecto de
monstruo. Las grandes organizaciones criminales mexicanas, divididas por
intereses económicos sobre el tráfico en todo el territorio, el control de
plazas y el mercado norteamericano, les han dado de comer a Calderón y al
discurso bélico: la performática de la violencia como la define la
antropóloga Rossana Reguillo no ahorra en innovaciones y creatividad a la
hora de matar. El corte de cabezas, el descuartizamiento, los cuerpos
colgados en los puentes de la frontera, las bombas y sus esquirlas, la
muerte de inocentes en tiroteos despiadados entre grupos de sicarios y
policías o militares, le ponen sal a la herida magnificada hasta el hartazgo
por Calderón.
Javier Valdez lleva veinte años reporteando el narco, siempre en la ciudad
de Culiacán, la capital del estado de Sinaloa, patria del Chapo Guzmán, capo
de la organización que lleva el nombre de sus pagos. Conocido como el Cartel
de Sinaloa, el grupo se ha dividido los hermanos Beltrán Leyva se aliaron
con los Carrillo Fuentes del Cartel de Juárez y el reguero de sangre que
deja la pelea por el territorio se estampa en las paginas de Río Doce bien
contado, bien investigado, y lo más extraordinario para México sin
presiones ni autocensura. Río Doce es un medio pequeño, independiente,
propiedad de cuatro periodistas que pusieron en él sus ahorros y no se han
dejado callar ni apretar. No son muchos en este país de grandes
corporaciones, pero los hay. Sí está lleno de periodistas que viven
cubriendo el narcotráfico y lo hacen con miedo y la prevención del que mira
para atrás en el callejón oscuro, por pura costumbre. Esos mismos
periodistas, sobre todo en los medios del interior mexicano donde las
grandes organizaciones criminales se allanan el camino con el ofrecimiento
de sobresueldos o la amenaza de una muerte dolorosa, conviven con la
sospecha sobre sus propios colegas. En algunos medios, nadie está seguro de
quién puede ser el delator, de quién acepta el sobre mensual de un capo
porque, además, claro está, en los diarios se cobran salarios miserables.
Cada diario de la frontera merecería un reportaje en profundidad sobre cómo
se trabaja en el límite con lo siniestro.
Javier Valdez tiene muchos miedos, y se los conoce como los pelos de la
barba que se cuida y emprolija cada mañana. No los desdeña, no los deja
pasar ni los niega: los mira de cerca, como quien busca en ese síntoma la
tranquilidad que sólo viene por precaución, seriedad y experiencia. Esta
semana, en el seminario Narcotráfico y violencia en las ciudades de América
Latina: retos para un nuevo periodismo, organizado por la Fundación Nuevo
Periodismo Iberoamericano dirigida por el Nobel Gabriel García Márquez,
Javier habló para medio centenar de periodistas, académicos, guionistas,
escritores que llevan años trabajando en historias e investigaciones sobre
el narcotráfico. No es motivo de vergüenza tener miedo, yo sí ando con el
culo en la mano, así hago mi trabajo nos contó. No está prohibido tener
miedo. Hay que enfrentar el miedo. En Culiacán, el miedo es latente. En
Culiacán, es un peligro estar vivo. Vivir ahí da miedo, pues los pistoleros
no son limpios en su trabajo: traen consigo armas duras, cualquier persona
es capaz de morir por estar trabajando o caminando por la calle. Los
sicarios disparan sin preguntar a las gentes que están alrededor de la
víctima. El narco, al igual que el miedo, es una forma de vida.
El miedo asume formas distintas en cada quien, y se vuelve una presencia
palpable, audible, a medida que el peligro se siente más cerca. Para
Francisco Castellanos, corresponsal de la revista Proceso en Morelia patria
grande de la Familia Michoacana, famosa por imponer el decapitamiento como
práctica común en las ejecuciones es el miedo a volver a ser secuestrado
por los capos para obligarlo a hacer una entrevista. Para Alejandro Almazan,
gran cronista de la revista Emeequis y autor de la novela Entre perros, es
volver a cometer la pendejada de dejarse llevar a un oscuro rincón de Ciudad
Juárez por un guía poco conocido que lo abandonó ante los narcos y tener que
huir de la ciudad temblando. O el miedo, dice Alejandro, es enterarse justo
después de publicar un reportaje con un capo que otro grupo masacre a los
familiares de su entrevistado, uno por uno, cada día, hasta llegar a viente.
Y verse el cronista Almazan amenazado y cuidado por dos policías que le
dicen: Igual, no te aflijas, porque si te quieren matar, por más que
estemos nosotros, igual te van a matar. El miedo en México se respira. Se
huele. Se puede palpar como a un arma cargada y celosa escondida en el
sobaco.
El seminario que se hizo el lunes y martes pasado en el Museo Rufino Tamayo
del DF no puede resumirse aquí. Se podrá consultar todo lo dicho en la
página de la FNPI. Sólo habría que subrayar. El periodista Diego Osorno, del
diario Milenio, pronto a publicar un libro sobre el Cartel de Sinaloa, se
remontó a las cifras para desmitificar la guerra contra el narco creada por
Calderón. La desnutrición y el hacinamiento que provoca la propagación de
la tuberculosis matan más que los cuernos de chivo, y eso es ignorado, dijo
y marcó las cifras: 17 mil muertos por la mafia, contra casi 23 mil muertos
por la enfermdad curable. El discurso de Calderón entra en crisis en una
sociedad que comienza, a través de sus mejores periodistas, a cuestionar la
supuesta verdad del monstruo narco. Desde Jorge Castañeda, ex ministro de
Relaciones Exteriores de Fox que publica esta semana el libro El narco: la
guerra fallida, hasta las crónicas de la vida cotidiana de las víctimas y
los protagonistas del narco, marcan la falacia de una guerra ficcionada por
el poder para buscar legitimidad. Mientras Calderón se reúne con Álvaro
Uribe y renuevan su misión de luchar contra el narcotráfico, Javier Valdez
en Culiacán enfrenta las esquirlas y el miedo con palabras: no sólo las que
ofrece en su columna semanal Mala Yerba, sino las que ahora escribió en su
libro Miss Narco, historias de mujeres en los lodazales del Chapo. Mientras
50 mil hombres armados por Calderón no han cambiado nada del horror que
viven los mexicanos, estos cronistas lo hacen sólo con palabras. Como las
que Javier le entrega a su hijo por las mañanas. Nada nos pasará, hijo,
tranquilo, no está tan malo tener miedo, así nos cuidamos, sigamos con el
desayuno.
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